"Mis restos sean sepultados en medio de mis queridos pobres"

Con las palabras de su testamento Madre Francisca nos ofrece la clave de lectura de los aspectos fundamentales con respecto a aquel misterio que es siempre el carisma de un fundador de un Instituto religioso. Nos ayuda a entender el sentir de la Iglesia cuando afirma que el carisma se manifiesta como “una experiencia del Espíritu trasmitida a sus propios discípulos”; tal experiencia infunde “una índole propia a cada Instituto religioso”; “índole que comporta un estilo particular de santificación y de apostolado” (Mutuae Relations 11).

La singular experiencia del Espíritu
vivida por Madre Francisca
está en la línea de aquella vivida por Francisco de Asís:
"la conformación a Cristo pobre, humilde, crucificado y resucitado"

(Cost. 2003)


Aún en tiempos históricos diversos, revela la misma tonalidad. Como él, también ella fue traspasada por el misterio de la pobreza de Cristo, Hijo de Dios, venido entre nosotros despojándose de la gloria y viviendo en la pobreza para llevar a los pobres el alegre anuncio de la salvación.
Como Francisco de Asís también Madre Rubatto se esposó con la pobreza: un verdadero matrimonio que comporta el realizarse como un solo ser, en un crescendo de recíproca intimidad.
Es, por lo tanto, la experiencia interior y gozosa de la pobreza que dona la índole propia, y la particularidad a todos los elementos que componen la vida consagrada según el diseño del proyecto madurado bajo la acción del Espíritu, en el corazón de Madre Francisca.
La pobreza es esencialidad. Es vivida, ante todo, con respecto a Dios que colma y sacia totalmente el corazón de la criatura que se consagra a EL.

“Dios mío, y mi todo” es el grito de Francisco de Asís, hecho suyo por Madre Rubatto;
el grito sobre el cual encaminó su vida y la vida de su Instituto.

Esta radicalidad la aprendió del ejemplo de Jesús en la cruz. Rezaba así, asumiendo la intención de todas sus hermanas:

Señor, estamos aquí delante de Ti. Como Tu y contigo, hoy y en cada día de nuestra vida consagrada totalmente a Ti,
queremos tomar nuestra cruz, subir aquel calvario que a cada una de nosotras hoy se presenta,
como monte de salvación, para que a través de este camino podamos llegar a la plena comunión contigo en tu paraíso.
Queremos llevar voluntariamente nuestra cruz sin cargársela a los otros, por tu amor: así no sentiremos el peso.
Tu has dicho, en efecto: "mi yugo es suave y mi carga ligera."
Señor Jesús queremos mantenernos abrazadas a Tu cruz, que es una cruz de Amor!
porque sabemos que en cada prueba Tu estarás con nosotras”.
(Tomado de las Cartas de la B.M.Francisca 709, 256,359)

Lo esencial tiene como fruto la simplicidad. Sencillez en el tener que engendra la alegría;  sencillez en las relaciones con las hermanas que engendra fraternidad.
La sencillez genera el gozo: una alegría serena que permite la cordialidad en las relaciones con los destinatarios mismos de la misión. Éstos pertenecen a la clase social más humilde: los pobres, los no instruidos, los indios, los sin palabras…  pero también los intelectuales, las administraciones municipales. La alegría consuela todas las miserias humanas.

De entre las muchas cualidades del Seráfico Padre, la Madre Rubatto compartió, ante todo, el espíritu de oración. También ella fue una criatura "hecha oración", como S. Francisco. Cuando las hermanas se alzaban por la mañana, ella ya estaba en la capilla, su mirada dirigida al tabernáculo donde nunca dudó de la presencia real del Señor, al cual se dirigía con familiaridad y confianza sorprendentes, especialmente en los momentos de extrema necesidad. Así:

Madre Francisca, "que tuvo una fe viva y ardiente en Jesús presente en el Santísimo Sacramento,
hace de la Eucaristía el corazón de su familia religiosa."

(Const. 2003)

Son los aspectos de la vida espiritual y apostólica que caracterizaron la existencia de Madre Francisca. Pero son los aspectos que quiere revivir su Congregación.

La formación de sus discípulas, hijas espirituales y hermanas en el apostolado, fue uno de los pensamientos más desgastantes y una de las primeras ocupaciones de Madre Francisca. Les inculcaba dulzura y humildad, paciencia y caridad, espíritu de sacrificio y esperanza, cordialidad y estima recíproca, alegría y perseverancia en el bien.

Decía a las Hermanas:  "El conocimiento de nosotras mismas es un estudio muy difícil porque el amor propio siempre se esconde a nuestros ojos, para hacerlo ver en los otros, pero es un estudio necesario, cuanto a los pulmones es necesario el aire para respirar; hasta tanto no nos reconocemos criaturas débiles y necesitadas, no daremos un paso adelante en el bien y no tendremos nunca el corazón en paz" (Cta.205).

No se puede no estar sorprendidos del estilo jovial, abierto, expansivo, de irradiante espontaneidad y gozo interior de sus religiosas.
La simplicidad, más allá que matriz de espiritualidad, es estilo de vida del cual se trasluce una sana libertad que no conoce el miedo, porque la sencillez sabe destruir las barreras y serenar los corazones.

Esta experiencia espiritual, don del Espíritu Santo, es el carisma que sus hijas quieren vivir para ser en la Iglesia signos creíbles de un Evangelio experimentado 'sine glosa'.

EL CARISMA RUBATTIANO

AMAR A DIOS "SUMO BIEN" Y SERVIR A LOS HERMANOS MÁS NECESITADOS
COMO APOSTOLES DE GRACIA Y DE SALVACIÓN

- Unidas en un solo Corazón formamos una verdadera familia en el Señor.
- En la familiaridad con Jesús Eucaristía nos hacemos pan partido para los hermanos.
- A ejemplo de Francisco vivimos en pobreza y humildad.
- Nos dejamos conducir con confianza de la Divina Providencia.
- Como hermanas del pueblo humilde difundimos en todo lugar el Evangelio de Cristo con sencillez y minoridad.

Amar a Dios "Sumo Bien" y servir a los hermanos más necesitados:
Esta expresión sintetiza toda la vida y el carisma de Madre Francisca que vivió un amor ardiente por Dios Sumo Bien infundiéndolo en los hermanos más pobres y más próximos a ella.

Unidas en un solo corazón formamos una verdadera familia en el Señor:
Nuestra misión nos estimula a ser una familia, donde nos amamos como verdaderas hermanas con  el vínculo de la caridad de Cristo y sólo nos cuidamos en la gracia de un solo corazón.

En la familiaridad con Jesús Eucarístico nos hacemos pan partido para los hermanos:
En la Eucaristía, centro de nuestra familia religiosa, encontramos alimento y fuerza. Unidas a El en el ofrecimiento de nuestra vida al Padre como a Madre Francisca partimos junto al pan, nuestra vida por los hermanos.

Como San Francisco, vivimos en pobreza y humildad:  En el camino de progresiva configuración a Cristo pobre y crucificado, le descubrimos en Francisco de Asís un modelo de santidad evangélica. El espíritu de pobreza y humildad del Poverello impreso intensamente en el corazón de la Madre vivifica nuestra Comunidad para ser en la Iglesia un signo humilde y creíble.

Nos dejamos conducir con confianza por la Divina Providencia:  a ejemplo de la Fundadora nos dejamos guiar de la divina Providencia que tiene que ser nuestra madre y nuestra nodriza. Ella nos sustenta en las dificultades, nos ofrece el campo para cumplir el bien y provee con amor a nuestras necesidades.

Como hermanas del pueblo humilde difundimos en todas partes el Evangelio de Cristo en simplicidad y minoridad; el amor de Cristo que impulsó la Madre a donarse a sí misma para dilatar y consolidar el Reino de Dios nos transforme en Apóstoles de gracia y salvación en medio de la gente.

Amor hacia la persona y su dignidad,
evangelización y promoción humana y religiosa, son las aptitudes
que conducen la acción de las Hermanas de Madre Rubatto, allí donde están presentes.

Las fraternidades y las casas de las Capuchinas, que van multiplicándose bajo cielos tan diversos, parecen y a menudo son pequeñas realidades:  justo como las gotas en el mar o como los granos de mostaza de una parábola
que comenzó hace más que un siglo.

Verdaderamente son gotas en el mar:  pero también son ejemplos de fidelidad creativa a un carisma vivo, que no ha perdido nada de su razón de ser, sino más bien, va adquiriendo nuevas facetas, día tras día,
por los caminos del mundo del mundo.

 


" Hijas mías, les recomiendo la observancia de las Reglas, la obediencia a nuestros superiores,
el respeto a los sacerdotes. Sean humildes y sencillas, recen por todos nuestros bienhechores, por
los que nos hacen bien y también por aquéllos
que nos hicieron mal;  siempre devuelvan
bien por mal."

Beata Francisca Rubatto