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Hija de la fuerte tierra Piamontesa Carmagnola es un floreciente centro agrícolo-comercial poco distante de Turín. Tierra de fe robusta y de intensa práctica religiosa. En esa región de sanas tradiciones y de fuerte celo pastoral, nació en el seno de una familia de fe simple y genuina, Ana María Rubatto, el 14 de febrero de 1844. Su futuro director espiritual, refiriéndose a este período, dirá de Ana María: “se ofreció a Dios desde la infancia con voto de virginidad, rechazando una posición acomodada con un escribano de Carmagnola, quien en vano la esperó durante muchos años para convertirla en su esposa.” "Más allá de la ocurrencia, no supe más nada de aquel escribano; era una muy buena persona, pero... y sí, en la vida siempre hay un ‘pero’. La Providencia había señalado para nosotros caminos diversos y para mí había pensado una grande familia: mis religiosas como hermanas y mis pequeños, mis pobres, como hijos." Vicisitudes familiares, entre ellas el muerte de hermanos más pequeños, a causa de la difundida mortalidad infantil, así como también la pérdida de sus padres, determinaron su traslado a Turín a la edad de 19 años. Joven mujer, rica de entusiasmo y de humanidad y no tanto de salud, en una sociedad en rápida transformación en la que vivió, no hizo fatiga a coger tantos pedidos y las innumerables necesidades de un pueblo campesino que se estaba urbanizando, como consecuencia de la naciente industrialización, con todo aque "Los caballos fueron la vida, la pasión, el trabajo de papá: cuidaba de ellos. Éramos tantos de familia!... no fueron años fáciles, tantos hijos... Mamá sabía coser muy bien, pero el tiempo era poco con todos aquellos niños… Dos murieron de chiquitos y después también papá improvisamente y… fue duro. Mamá volvió a casarse... en fin, mi infancia no fue un paseo... en todo caso, En Turín la recibe la ilustre Señora Mariana Costa Scoffone. Ana María fue para ella colaboradora, dama de compañía y consejera en la administración de su grande patrimonio, el que, a su muerte, y de acuerdo al testamento, pasaría al Cottolengo de Turín. Los años de permanencia torinesa fueron para Ana María de intenso empeño espiritual y caritativo. Se orientó hacia óptimos directores espirituales: primero el Padre Félix Carpignano, luego el Cgo. Bartolomé Giuganino. Pero el nivel espiritual de un alma siempre está dado por su capacidad de amor al prójimo. Turín, ciudad de Santos En ese momento florecía en Turín toda una constelación de Santos dedicados a fomentar obras de caridad. Entre ellos se pueden mencionar a San Leonardo Murialdo quien daba vida a establecimientos destinados a la preparación profesional de los adolescentes para diversos trabajos; a Don Bosco, con la fundación de los oratorios, quien salvaba a los niños de los peligros de la calle, encaminándolos hacia una vida honesta. En medio de estas obras, transcurría su vida, también inserta en la pequeña casa de la Divina Providencia fundada por Cottolengo. No olvidará nunca su aprendizaje evangélico práctico o, quizás mejor, la iniciación apostólica efectuada en esta casa, sagrario de la humanidad golpeada de la limitación y del sufrimiento. Ya desde entonces percibió con claridad que su misión era aquella de aliviar el dolor de los pobres y los enfermos en el cuerpo y en el espíritu. "Aquí en Turín he vivido experiencias inolvidables… es un mundo que se me ha abierto. He rezado tanto en el Santuario de la Consolata, he conocido y compartido la caridad en la Pequeña Casa del Cottolengo, Durante el proceso de beatificación de la Madre, los testimonios presentan un abanico muy amplio de obras de caridad con las cuales la joven Rubatto se comprometía: “asistía a diversas Parroquias de la ciudad con el fin de enseñar el catecismo a los niños”; “visitaba a los enfermos del hospital del Cottolengo”. Además, “se dedicaba a pedir limosna para los pobres y llegaba hasta los suburbios de Turín para socorrer a los abandonados”. La Pequeña casa del Providencia, el Santuario del Consolada, Maria Auxiliadora... Gérmenes de caridad y de servicio que a la hora del llamado de Dios, irán asumiendo formas propias en una congregación que florecerá desde el interior de su corazón. A través de circunstancias aparentemente fortuitas, Dios va siempre preparando a aquellos a quienes destina para grandes empresas. En la Liguria del Poniente "Siempre he amado el mar quizás porque he nacido en un lugar donde no lo había. Establecida en Loano, sobre la costa lígure del Poniente, en el verano de 1883, para aprovechar los baños de mar junto con su hermana Magdalena, Ana Maria empezó a frecuentar la iglesia de los Capuchinos. Cerca de la iglesia había un edificio en construcción. Una mañana de agosto, saliendo de ella, se encontró con una escena dolorosa. Una piedra que había caído de los andamios de la obra había herido a un adolescente albañil en la cabeza de la que emanaba abundante sangre. Ana María socorrió al joven, lavó y curó la herida y otorgándole un salario equivalente a dos días de trabajo, lo mandó a su casa para que pudiera descansar.
Actual Iglesia de los Capuchinos en Loano La obra en construcción estaba destinada a albergar a una naciente comunidad religiosa femenina. Como resultado de su comportamiento con el obrero, Ana María fue invitada a formar parte de dicha comunidad. La promotora de la iniciativa fue la Señorita María Elice, ayudada por el Padre Angélico, capuchino. Se trataba de un pequeño grupo de jóvenes que iniciaban una vida comunitaria inspirándose en el ideal de San Francisco como Terciarias Capuchinas. Francisco Panizza, el chico que había socorrido y curado, sucesivamente fue un asiduo asistente a sus encuentros de catecismo dados por ella en los días festivos en el huerto cerca de la casa de la srta. Elice. Y ella, con fina táctica evangélica, irá también a encontrarlo en el cuartel, en Turín, cuando él tuvo que prestar el servicio militar. Recordando aquel acontecimiento, la Madre le dijo: "Tú has sido herido en la cabeza y pronto curado: en cambio yo lo fui de modo más duradero, en el corazón”. Madre Francisca, (centro) y sus primeras compañeras Durante los veinte años de dirección de la Madre se abrieron veinte casas y, en cada fundación, todo debía prepararse y ordenarse con cuidado. Italia y América Latina fueron los escenarios de sus fatigas y de su c Alto Alegre: un nombre glorioso para la Congregación, constituyó una de las etapas más sufridas y queridas de su vida. Su corazón latía ya con intensísimo amor por aquellos pobres indios y por esas regiones signadas por la extrema pobreza, las que se habían transformado en 'su patria'.
Confianza en Dios, abandono en la Providencia, capacidad de adaptación, espíritu de sacrificio, flexibilidad y coraje emprendedor, verdaderamente no le faltaban. Por tanto sus hijas cada vez más, son estimuladas a evangelizar con alegría, en sencillez y regocijo, descubriendo las resonancias actuales de este gran carisma, y a enriquecerlo de frescura, de energías, en generosa donación y en actitud de confiado abandono en las manos cariñosas y benditas del Señor. |
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"La Providencia de Dios es grande; cuando tengo a Jesùs en el corazòn tengo todo" Beata Francisca Rubatto |
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